NIÑOS DEMONIO

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En África, un lugar plagado de amenazas reales (guerras, plagas, hambre, racismo, tercermundismo…)   las creencias fanáticas y el miedo al demonio sentencia la vida de cientos de niños en Togo, acusados de llevar consigo la desgracia. Son apaleados y repudiados por sus familias y deben buscarse la vida (ya de por si, difícil) en la calle, lo que agranda todavía más el infierno de estos chicos, mientras los poderosos hechiceros siguen agitando su magia.

La diferencia entre el cielo y el infierno está en unas conchas blancas. El hechicero agita su puño cerrado, abre su mano en el aire y las conchas caen sobre la arena. Acaba de decidir el destino de un niño. Con este gesto busca un culpable ya que, en la última semana, una aldea vecina ha sufrido dos muertes inexplicables y hay que encontrar al culpable (en realidad el sida y la malaria hacen estragos en la zona). Alza su bastón y lo deja caer 3 veces sobre las conchas, entonces emite su veredicto: el hijo menor de los muertos se ha comido el alma de sus padres. Lo dicen los dioses.

La sala en la que el brujo juega a ser dios está repleta de cráneos de animales y amuletos colgados del techo. El motivo que hace sospechar del hijo pequeño de los fallecidos es que tres personas habían soñado con el, pero otras veces basta con que el niño sea revoltoso, o que no llueva o que el cabeza de familia se quede en paro, para que un hechicero (personaje muy poderoso y respetable) acuse a una persona de albergar un espíritu maligno causante del mal. Y con un niño demonio no hay piedad: sus familiares les propinan palizas hasta que huyen despavoridos para acabar viviendo en la calle. Pero, aunque la mayoría de las victimas son niños, también se acusan a mujeres y ancianos.

Para el brujo de turno no es un mal negocio. En una religión con arraigadas creencias animistas, donde el fanatismo convierte el nacer epiléptico, disminuido psíquico o hiperactivo en una condena mortal, toda la comunidad consulta constantemente al hechicero. La sesión cuesta 100 cefas (unos 20 céntimos de euro) pero los hay que piden hasta cinco veces mas. El hechicero asegura que no utiliza su don para ganar dinero, solo hace lo que le dictan los espíritus. Cuando se le pregunta qué hay que hacer con un niño demonio, responde sin pestañear:

“Hay que expulsarlo de casa y abandonarlo, jamás matarlo a cuchillo porque entonces todos los recién nacidos de la familia nacerían demonios; otra opción es envenenarlo, entonces no pasa nada”

Su influencia y poderes son tan grandes que, si acusa de brujería a un niño, los padres le creen. Sabe jugar con el miedo y sacarle provecho.

Hay muchas asociaciones humanitarias que denuncian que se utilizan a algunos niños demonio abandonados en sacrificios humanos, pero al preguntarle al brujo, dice furioso:

 “Yo jamás he hecho eso. ¡Yo no!”

A70 kmal oeste de Togo, en Benín, el chamán Ima Kuaku no tiene problemas en admitir la existencia de “niños serpiente”, que hay que eliminar.

“Son bebes con malformaciones, hechizados. Hay que sacrificarlos” Pero rechaza los sacrificios de esos niños abandonados “es delito”, puntualiza, pero a veces los dioses piden ese pago a cambio de una gran ayuda, como puede ser, resucitar a un muerto o desenterrar una fortuna, añade.

De esta amalgama de fanatismo ancestral y terror quedan cientos de victimas inocentes, como Alex, que tiene 15 años, una mirada transparente y unas ganas de aprender que asustan. Dice que en Europa hay trabajo para la gente que lucha y es inteligente y él quiere serlo. Le gustan las matemáticas. Hace un año sus padres murieron con apenas dos días de diferencia. Su hermana enfermó, al poco tiempo, y su hermano mayor acudió a un hechicero que señaló a Alex: se había comido el alma de sus padres y pretendía hacer lo mismo con su hermana. Le condenó. Su hermano y el brujo le propinaron palizas diarias, durante horas, hasta que Alex “confesó” para poner fin a las torturas y escapó.

“Dicen que me comí a mis padres, pero no lo hice, de verdad, lo juro”

Durante el día vivía junto a otros niños repudiados en el mercado de Kara, al norte de Togo. Al caer la noche saltaba la valla del centro salesiano que acoge a niños de la calle, muchos de ellos acusados de brujería. El director de la escuela no tardó en descubrirlo y darle acogida. El centro se hace cargo de más de 50 niños de entre 7 y 16 años que al quedar huérfanos o ser expulsados de sus casas vivieron durante algún tiempo en el mercado. Vivir en la calle, no importa de qué ciudad, es lo más parecido al infierno cuando tienes 8 años. A merced de los abusos de adultos, sin recursos y con una bomba de hambre en la barriga. La vida de estos niños se convierte en una colección de atrocidades. Algunos se prostituyen por menos de 20 céntimos de euro, otros roban, son violados y violan ellos también a otros niños más pequeños.

Pese a todo, al abrir la puerta del centro, decenas de sonrisas y muestras de cariño dan la bienvenida. Aunque nada parece indicar el infierno que cada uno lleva en su recuerdo, todos sufren una falta de afecto enorme, su familia los echó de casa y los acusó de cosas horribles y, en la calle, fueron tan despreciados que perdieron la dignidad. En el centro lo primero que intentan es que recuperen la autoestima, luego viene la educación. Se les acoge sin preguntas, y se les da cariño hasta que deciden compartir su infierno.

“Ese momento es clave, les decimos que su vida pasada acabó, que su presente y futuro será diferente” señala el director.

Algunos mienten, piensan que si explican lo que han hecho, les odiarán. Han hecho varias veces todo lo que la sociedad puede repudiar.

En el centro, los críos reciben cariño, educación y cobijo, pero el objetivo final es reinsertarlos en la sociedad y, sobre todo, en la familia. Y esto es lo más difícil. Habitualmente los padres creen que su hijo esta endemoniado y hay que dejarlo morir. Después de muchas visitas algunos acaban reconociendo que echaron a su hijo porque no le podían mantener, que era culpa de la pobreza y no del diablo, o que sentían vergüenza y no querían ser rechazados en el poblado.

Otras veces el miedo es el motor de lo injustificable, como la historia del pequeño de 10 años que ha empezado a ir a la escuela hace un mes. Sus padres le acusaron de matar a su hermano por brujería, le amordazaron, le ataron de pies y manos y lo tiraron en medio del bosque. Unos leñadores lo encontraron a los 3 días medio muerto.

Pesadillas así no son fáciles de olvidar. Una noche Tchasso, de 13 años, se escapó del centro para ir a ver a su antigua cuadrilla de la calle. Mientras jugaba, resbaló, cayó y un clavo le atravesó la frente. El miedo a que lo echaran del centro pudo más que el dolor, y con el clavo incrustado, esperó al anochecer para volver al centro y entrar en los dormitorios. De madrugada un cuidador lo descubrió y lo llevó al hospital.

El trauma de ser culpados de matar a sus padres o hermanos es tan profundo que algunos chavales acaban creyendo que el diablo anida en su interior. El miedo les quema y solo hace falta una chispa para hacerles estallar: Al contemplar divertidos las fotos de una cámara digital, la luz hace que uno de ellos se muestre con los ojos rojos “Es un demonio! Es un demonio!” Exclaman asustados sus compañeros que dan un paso atrás, y al niño se le ensombrece la cara. Sus ojos, llenos de pánico, buscan a alguien que le diga que no es cierto.

Se sabe muy poco del drama de los niños demonio y hay pocas ayudas. Pero no pierden la esperanza:

“Solo son niños con ganas de ser felices si les dan una oportunidad”

El oscurantismo, la superstición y las creencias religiosas forman un coctel explosivo y sanguinario al mezclarlo con la pobreza extrema, la violencia y la incultura. El fenómeno de los niños demonio ha encontrado un campo abonado en zonas con decenas de años de conflictos, miles de huérfanos por el sida o donde las pérdidas de lazos familiares y valores tradicionales se unen al auge de las sectas religiosas. Save de Children contabilizó hasta 70.000 niños demonio solo en Kinshasha, capital del Congo, y estima que en todo el país puede haber más de 200.000 niños con alto riesgo de sufrir esta caza de brujas. Pero es muy difícil dar cifras aproximadas, nadie pregunta ni responde por ellos. En la última década, solo en el Congo, han aparecido más de 4.000 sectas espirituales que ofrecen lucrativos servicios de “liberación” y se han practicado más de 70.000 exorcismos. En su visita a Angola el papa Benedicto XVI llevó a los informativos el fenómeno de los niños demonio al denunciar la hechicería en su discurso ante los fieles:

“Muchos de ustedes viven con el miedo de los espíritus, de poderes nefastos que los amenazan, desorientados, y llegan a condenar a niños de la calle y hasta ancianos porque, dicen, son brujos”

Originario de aldeas apartadas, desde principios de los 90 el drama de los niños demonio se ha extendido a pequeñas y grandes ciudades africanas. Solamente en Kara, ciudad de a penas 45.000 habitantes, hay mas de 15 centros de acogida para niños de la calle, la mayoría repudiados tras ser acusados de brujería.

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